El hundimiento

16 Mar

En 2004, Oliver Hirschbiegel retrató de manera brillante las últimas horas de Adolf Hitler en la película El hundimiento. En ella, el dictador alemán se niega a rendirse y a abandonar Berlín, que ya no podía resistir más, siendo el único que pensaba que, con un golpe de suerte, la victoria en la II Guerra Mundial todavía podía ser posible.

Desde el pasado verano, o quizá desde antes, a algunos, entre los que me encuentro, nos ha pasado lo mismo que al personaje interpretado por Bruno Ganz. Llevados más por el corazón que por la razón, parte de la familia encarnada ha pensado, hemos pensado, que la salvación del Real Ávila C.F., no sólo deportiva, sino también económica, era viable. Al igual que Hitler, no hemos querido ver y analizar los hechos que, uno tras otro, se iban sucediendo y avisando de que el final estaba cerca, de que el final era inevitable, aferrándonos a un milagro que parece imposible.

Dimisión Toni Ayala

Rueda de prensa de despedida de Tony Ayala (Foto: Antonio Bartolomé, Diario de Ávila)

Muchos, entre los que también me incluyo, hemos abdicado ya de esta idea. No abandonaremos el barco, por su supuesto, pues el sentimiento a estos colores, al escudo, al club, enseñado en muchos casos desde que éramos niños, está por encima de todo y de todos. Empujaremos hasta el último aliento. Nos ahogaremos con él. Moriremos gritando aquello del ‘Hasta el final, Real Ávila’. Cantaremos el ‘Ávila, Ávila’ en las viejas gradas del Adolfo Suárez hasta el último balón. Hasta el último minuto. Hasta que el juez proceda a certificar la muerte.

Los dos últimos días no han sido los peores del conjunto de la capital amurallada, pues, desgraciadamente, ha habido unos cuantos en sus 93 años de historia, pero si han sucedido cosas que a muchos nos han dolido. Quizá, hasta nos han avergonzado. La primera, por ir por partes, la derrota ante La Virgen del Camino, la cual certificaba, no matemáticamente pero si virtualmente, el descenso a la Primera Regional. El problema, y ojalá me equivoque, es que ello supondrá la desaparición del club, al que ya nadie tenderá la mano, pues, como me dijo off the record hace unos años alguien, que de esto sabe un rato, el Real Ávila “ha dejado demasiados cadáveres por el camino”.

Lo segundo que ha sucedido es más grave. Bueno, es muy grave. El Real Ávila se ha visto involucrado en el intento de compra de un partido. Sea o no verdad, que se tendrá que demostrar en los tribunales, si llega el caso, el daño ya está hecho. Tristemente, el Ávila ha sido protagonista en los periódicos y en los programas televisivos y radiofónicos por este asunto. A pesar de que desde el club se negó cualquier intento de amaño del choque ante los leoneses en la tarde de ayer, cerrar el tema describiendo el asunto como una “anécdota”, una “niñería” o una “broma propio de una conversación jocosa entre futbolistas que se conocen de toda la vida” se me antoja corto, demasiado corto. Que el jugador involucrado solamente haya sido expedientado, también me parece una respuesta demasiado pobre, demasiado tibia. Además, la relación del asunto con una casa de apuestas no ha hecho más que empeorarlo todo, en un momento en que el mundo del balompié tiene la piel demasiado fina con la compra de encuentros.

Lo tercero que ha tenido lugar, ha sido la dimisión de Tony Ayala. Si bien, como él mismo reconocía en su rueda de prensa de despedida, no ha sido el revulsivo que el club encarnado esperaba de él, su cercanía e implicación en el proyecto merecen un reconocimiento. A pesar de su trabajo, los números del técnico canario -una vitoria, cinco empates y ochos derrotas- no han servido para dar la vuelta a la situación del equipo. Su puesto será ocupado de momento por Juan Rodríguez ‘Juanito’, actual consejero delegado, quién aseguraba que “hay que luchar, hay que pelear, porque mientras hay vida hay esperanza”, algo que tengo la sensación que lleva haciendo, sin mucha suerte y con menos apoyos de los que seguramente esperaba, desde su llegada a la capital amurallada. Su decisión es valiente, quizá la única que podía tomar a estas alturas de la película.

Los próximos meses serán difíciles. Seguramente serán duros. Probablemente serán tristes. En ellos conoceremos el desenlace que tendrá el Real Ávila. Que el equipo encarnado siga compitiendo la próxima temporada, sea en la categoría que sea, o desaparezca, no será culpa de los números de Borja Jiménez, ni de los de Tony Ayala, ni de los de Felines o los de Luis Ángel Duque. Tampoco responderá ni a la gestión de los ‘canarios’, ni a la de los anteriores propietarios, ni a la de los anteriores a los anteriores dueños. No sé podrá señalar a los jugadores, ni a los de ahora ni a los de otras campañas. La responsabilidad no irá a los empresarios, ni a los de casa ni a los de fuera. Menos aún para los aficionados, ni para los que bajan al estadio cada quince días, ni para aquellos que no lo han hecho nunca. Desgraciadamente, como vengo anunciando desde hace tiempo en algunos de mis artículos, si llega ese momento, no quedará otra que hacer un análisis mucho más amplio y repartir culpas con aquello tan castizo del “entre todos lo mataron y él solito se murió”.

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