Sin pasado, sin presente, ¿sin futuro?

31 May

Reconozco que soy muy poco español en eso del cotilleo. En un país en el que enterarse de lo que le pasa al vecino parece el deporte nacional, asumo que a mí, personalmente, me es bastante indiferente. A pesar de esta actitud, no pude evitar poner la oreja la otra tarde en la conversación que en la mesa de al lado tenían cuatro jóvenes en una cafetería mientras esperaba la llegada de una amiga.

En ella, cuatro licenciados, un arquitecto, un periodista, un ingeniero y un economista, parece el inicio de un chiste, aunque de lo que voy a escribir tiene poca, por no decir ninguna, gracia, se disponían a tomar un café. Los cuatro, con una edad cercana a los 30, parecían haberse reencontrado tras tiempo sin estar juntos. Con la melancolía generada por la situación, los cuatro amigos comenzaron a echar la vista atrás y ahí se iniciaron los problemas.

Todos ellos fueron contando como, durante los últimos años, habían dedicado la inmensa mayoría de su tiempo a una formación, tanto personal como profesional, que en un principio parecía una apuesta segura para el éxito en su camino vital. Veranos en diferentes países europeos para perfeccionar su inglés; máster que, a pesar de haber sido una gran carga económica para sus familias, parecían la puerta perfecta para acceder a una gran multinacional; y meses, incluso años, trabajando como becarios en unas empresas donde su aportación, en muchas ocasiones a cambio de nada, había sido parte fundamental para el éxito de las mismas, las cuáles, una vez llegó la famosa crisis económica, ni siquiera habían querido acordarse del nombre de nuestros protagonistas.

Como la cosa parecía tomar un cariz cercano a la tragedia decidieron trasladar sus impresiones del pasado al presente. Uno de ellos quiso añadir un dato positivo, esgrimiendo que la falta de tiempo para realizar las cosas propias de su edad y que, debido a lo expuesto en el párrafo anterior, no habían podido llevar a cabo ahora era posible, pues el hecho de ser un desempleado hace que precisamente lo único que sobre sea eso, el tiempo. Craso error tirar por ese camino la conversación, pues se dieron cuenta de que a pesar de contar con todo el tiempo del mundo, la falta de liquidez, casualmente lo mismo que les ocurre ahora a los bancos que les llevaron y condenaron a ellos, sin comerlo ni beberlo, a su situación actual, hacía imposible la realización de casi ninguna actividad ociosa y era la principal barrera para la meta más deseada en su edad, la independencia.

Finalmente decidieron que lo mejor sería hablar de su futuro para no irse con un mal sabor de boca de esta peculiar quedada. Se hizo el silencio. Se miraron entre ellos. Continúo el silencio. Mientras, por esas cosas del destino, la televisión del local emitía en ese momento un documental en el que se repetía machaconamente aquello de la ‘generación perdida’. Se levantaron y pagaron su café con unos euros que, ellos mismos se dieron cuenta, habían tenido que pedir a sus padres, lo que fue un tiro de gracia en su estado anímico. Si hubiera sido un español más de esos que describía al principio del artículo, de los que se meten en todo, los hubiera hecho una recomendación en su huida hacia no sé dónde: Que el próximo día hablen de fútbol, ya saben, pan y circo…

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